sábado, 2 de octubre de 2010

La enésima historia de un autobús

Corrí como nunca, con el desaire en los talones y la cara dilatada hasta los excesos, (y sí, los destellos del aire se destilaron en mis arterias); pero ni aún siquiera así logré escurrirme en el autobús antes de que se evaporara entre el tráfico. Entonces, esperar esperando era el único método para aferrarme a un nuevo autobús que me llevara a casa. Y me aferré, más de quince minutos después, a uno con el mismo destino que el anterior. Subí y escogí con la mirada un asiento. Me senté. El sol me amputaba las pupilas, pero me era indiferente con tal de intuir las figuras abatidas de todos los viandantes. Porque si algún día te camuflaras entre una de esas señoritas lánguidas que cruzan con desafecto los paisajes (sin otear el horizonte, ni fijarse en los semáforos ni en otra cosa que no sea su blackberry) no dudaría en bajar del autobús y correr, correr como nunca; quizás, o más bien, seguramente, con torpeza entre las piernas. Y entonces te recitaría al oído, despacito y con buena letra, con la única intención de que te fugaras conmigo a un lugar dulce y lejano, como por ejemplo, un 7ºB.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El abuelo de Julián

El abuelo de Julián era mitad sofá, mitad televisor. A principios de los cincuenta, cuando todavía miraba los charcos de puntillas, todos los niños se burlaban de él y se tumbaban en sus rodillas; tirándole canicas bajo los cojines, saltando luego hasta desgajarle las costuras. Por eso, y por el hambre y la pobreza y un padre (no rojo ni azul, sino amarillo) muerto en combate, no tardó demasiado en calentarse con leña avivada por los libros de la escuela. Mientras sus compañeros de clase resolvían problemas sobre el tiempo que transcurría hasta que un tren que partía de Madrid a 80 km/h se encontraba con otro que se despedía de Bilbao ocho minutos más tarde a 5 m/s, él trabajaba por unas pesetas al mes retransmitiendo en blanco y negro los partidos del Real Madrid en el bar “El señorito”. De cuándo se tropezó con la abuela de Julián, una muchacha escuálida y poco agraciada, con un andar tan desenvuelto y delicioso que cualquiera hubiera podido imaginar que era bailarina de ballet; lamento decir que nunca tuve ni la más remota idea de cómo resolver aquellos problemas matemáticos. De cómo se extraviaron, pregúntenle al cáncer. Yo sólo sé que con la herencia del anciano, los padres de Julián han comprado una tele de plasma y el tresillo azul que aparece en la página dieciséis del catálogo de Ikea.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Un cuerpo que está solo

Un cuerpo que está solo
no puede jugar al pin-pon, a la piola, a las chapas,
a polis y cacos, a la gallinita ciega o al futbolín.
Tampoco al chocolate inglés.

Por la noche,
un cuerpo que está solo
bailará con otro cuerpo que está solo
música lenta de blues,
entrechocando sus cuerpos extraños
sin abrazarse.

La mañana siguiente,
un cuerpo que está solo
seguirá estando solo,
(aunque con riesgo inminente de embarazo);
porque cuando un cuerpo está solo
nunca te dirá
que está solo.

domingo, 21 de junio de 2009

Tú y yo

No debería decírtelo, pero tengo miedo. El otro día, mi conversación más relevante fue con una señora con unos ojos saltones semejantes a los de un sapo partero y una obesidad irritante (parecía uno de esos rollos de sushi relleno de marisco) que rondaría los cuarenta y tantos. Iba embutida en un vestido que le vendría, al menos, dos tallas más pequeño. Me fijé en ella dentro del autobús de la línea cuarenta y cuatro. En los autobuses, me gusta imaginar las vidas de la gente, sus sueños y sus inquietudes. ¿Nunca los has hecho? Es gratificante crear vidas grises cuando piensas que las cosas no pueden ir peor. No sé quién dijo que el mal ajeno es consuelo propio. Imaginé que a ella le quedaban, como mucho, tres horas de vida (un claro fallo cardíaco); y que habían pasado, al menos, diez años desde la última vez que habló con su único hijo. Que sí, que estas cosas me las imagino e invento todas yo, pero ¿acaso crees que distan mucho de la realidad? Quizá eso sea lo triste de los autobuses.

Retocándose en el espejo, parecía no importarle contener la respiración con tal de que algún miope o borracho se detuviera a observarla. Cuando me levanté para bajar en la parada, frente al teatro de la Gran Vía, me tocó con su rechoncho dedo índice de la misma manera que se pulsa un interruptor y me dijo:

- Tienes mala cara, ¿duermes bien?

Me quedé paralizado varios segundos, y llegué a pensar que no estaba hablando conmigo. Porque, ya me dirás que hace una completa desconocida preguntándome así, por las buenas, sobre mi salud. Al final, le contesté:

- Sueño mal. Y además, nunca me acuerdo de lo que sueño. Y eso es peor. (Porque si me traga un dragón en una pesadilla, me gustaría saberlo; pensé)

Ella sonrió, pero con una mueca tranquila, como si esperara una respuesta ingeniosa y yo hubiera fracasado en el intento. Bajé. Y se bajó conmigo. Me quedé mirándola un instante, y ella me miró.

- Tengo un hijo que tendrá más o menos tu edad, ¿sabes?

Salí corriendo. Seguramente ambos se hablen y cuenten chistes verdes mientras comen pavo en Navidad, pero a mí se me agrietaron los pulmones en un solo grito ahogado, al pensar en la posibilidad de que aquella mujer obesa llevara diez años sin hablarse con su único hijo y que únicamente le restaran tres horas de vida (un claro fallo cardíaco).

Y aunque nunca lo llegues a entender, porque ni siquiera yo lo entiendo, por eso tengo miedo. Miedo de que algún día, alguien como yo, al verme en un autobús, piense que tú y yo jamás vayamos a encontrarnos.

domingo, 8 de marzo de 2009

Querer con el estómago

No me creeréis, pero necesitaba contárselo a alguien. No hace mucho, conocí en un bar a un tipo que padecía una exótica enfermedad por la cual alojaba el estómago donde el corazón y el corazón donde el estómago, cuatro dedos por debajo del diafragma. Tiempo atrás le hubiera mandado a la mierda, pero últimamente me apiado de aquéllos que esconden en sus mofletes la soledad propia de los niños extraviados en las colas de los supermercados. Será que cada día me aprecio un poco menos o que he dejado de leer a Nietzsche. Sin importarle demasiado el dónde, me arrastró al alquitrán mohoso, relleno de burbujas calcinadas. Para qué preocuparse, me dijo ante la mirada atónita de los semáforos. Tampoco es que padeciera un cáncer, y a pesar de todo, no era tan molesto querer con el estómago. Me habló de muchas cosas, pero no le presté atención. Cuando nos despedimos, se convirtió en una aspirina. Yo me la tomé, claro; nunca viene mal cuando adviertes que el vino se esparce entre las neuronas. Cuando llegué a casa, me miré angustiado el abdomen mientras sonaba alrededor el ruido incesante de los inviernos (Porque mi vida transcurre en inviernos, y no en primaveras). No cabía la menor duda, estaba contagiado.

Al día siguiente, sintiéndome sano, pensé que esta historia no era más que uno de esos delirios que se cuentan tomando el té en alcohólicos anónimos. Aunque ahora ya no sé qué suponer; porque anoche, antes de quererte con el estómago, vomité con el corazón.

domingo, 11 de enero de 2009

Carta de un padre fugitivo a un hijo disléxico

Querido hijo:

No fui a comprar tabaco, sólo era una coartada. En realidad, tenía un objetivo: huir. Me he enamorado dos veces en la vida, y una de ellas fue de una maceta. A la otra todavía no la conozco. La maceta la he tirado, claro; sé a ciencia cierta que no hubiera salido nada bueno de nuestros encuentros, niño-maceta o maceta-niño son palabras compuestas que suenan a bichos deformes. Nunca he tenido esperanza y mucho menos algo que hacer, así que corrí a despedirme de tu abuelo, tu abuela y la vecina octogenaria del 7ºA que siempre subía la persiana mientras yo me masturbaba en la cocina cuando tenía más o menos tu edad. Lloraron café agrio porque sabían que no nos volveríamos a ver más, pero yo suspiré con un llanto tranquilo; intuía que no nos íbamos a ver menos. Y aquí estoy, en una habitación de una ciudad de un país de este mundo. Las personas que se crían en cautividad actúan como los chimpancés que sonríen en cualquier jaula de zoológico. Si enseñas las encías a desconocidos y finges entretenerlos, puedes robarles sin que se den cuenta su ración de bananas. Las bananas son parecidas al dinero, sólo que tienen valor por sí mismas. Si el sábado no has conseguido suficientes bananas, tendrás que conservar la especie con mamá chimpancé en lugar de con alguna prostituta con las nalgas rosadas. Nunca entendí por qué nos aventuramos a conseguir más y más bananas y las depositamos a cuentas de interés variable, hasta que vi in situ ese culo tan comestible. Espero que ahora no pienses: "joder, qué mugriento y maloliente vicioso" porque la productividad empresarial de tu padre aumenta si le ofrecen un incentivo en bananas/hora que podrá gastar en meter su banana en ese ano casi fucsia (y no en la pensión alimenticia de tu madre). Aunque por otra parte, he de admitir que sería mucho más útil y barato diseccionar mi escroto con un chafarote eléctrico y pensar en una excusa para el próximo plan de fuga. Yo sé que, encarcelado en alguna jaula de algún zoológico de una ciudad de un país de este mundo; duerme algún primate que, después de haberse tirado un sábado más a mamá chimpancé, está pensando en cómo huir de la jaula.

sábado, 29 de noviembre de 2008

¡Caracoles! (No es verdad todo lo que os cuentan)

Cada vez  que caían  las gotas de lluvia  triste, salían a  pasear los  caracoles.  Un niño  sensato se  hubiera conformado con evocar el olor postizo que la tierra mojada impregna en las pupilas. Pero, como yo no lo era,  en los atardeceres melancólicos me aventuraba al barro para sonrojarme las mejillas. Evitando el ronroneo de la tormenta en las macetas rotas del zaguán, conseguía escapar hasta un cobertizo amarillo en el que se refugiaba mi abuelo cuando quería escuchar en su viejo vinilo rayado (siempre) la misma canción y el mismo verso; una de esas costumbres molestas que terminas echando de menos. Una vez allí, desde la repisa de una ventana desaliñada que consideraba mi torre vigía; divisaba una sucesión de helechos mustios, que sólo a mí me parecían una selva impenetrable.

Rozando la hierba, todavía fría, con las pecas de mi mano, analizaba los rastros pringosos de los caracoles como había visto en las persecuciones disparatadas de las películas de indios y vaqueros. Estaba convencido de que sus caparazones contenían todos los secretos del mundo; o al menos, todo lo que una persona pudiera imaginar: desde un corazón de repuesto, un ojo que ve todo lo que nuestros ojos no ven o una exclamación a tiempo, hasta la palabra “trece”.

Cuando al fin encontraba un caracol, lo agitaba como si fuera una pila de mercurio para saber si estaba en lo cierto, y aunque no encontré pruebas que fundamentaran mis intuiciones, nunca he terminado de creer que mi hipótesis fuera completamente errónea.

martes, 25 de noviembre de 2008

Fea

En la noche  más  fría de  1994 la luna sangraba  tanto que  parecía un  tomate  repleto de agujeros. Yo  la miraba absorto, imaginando ingenuo que se trataba de una invasión extraterrestre camuflada entre las estrellas. Con unos prismáticos a cuestas, huí del ruido opaco del aceite en las sartenes y me escondí tras un abrigo deslustrado en el balcón, deseando confirmar mis sospechas. Pero por más que lo intenté, sólo conseguí una pulmonía. De los días siguientes, sólo recuerdo el sabor a entrañas, el sudor y el termómetro; y uno de los cuentos que me contaba mi madre, tan agrio como la palabra agrio; llana terminada en vocal.

Ella era fea, fea de verdad. Fea de corazón; una de esas chinches que chirrían en las habitaciones sin desinfectar. Sin embargo, no había nadie que se resistiera a sus encantos. Así como las pesadillas que se repiten por costumbre; los muchachos insistían de madrugada, uno a uno o bien en grupo, pareciendo más bien espermatozoides que fracasan en su intento por llegar al óvulo (quien era apuesto no era atractivo, y quien lo era; no tenía suficiente pelo)

Pasaron los años y los piojos de cráneo en cráneo, disimulando para no ser vistos. Ella se casó, cumplió la tercera función de los seres vivos (nacer, relacionarse, reproducirse y morir) y fue feliz entre copa y copa y sesión de manicura. Cuando aparecieron las arrugas, los médicos hicieron un apaño; y aunque ya no eran jovencitos quienes la perseguían en las botellas descorchadas, podría decirse que le tenían cierto apego los espejos. Pero seguía siendo fea, una de esas feas que no se pueden arreglar con bisturí. Fea, fea; fea. Fea de corazón, tan fea como la palabra fea. Tan fea como dos vocales que encalladas en la misma sílaba, forman un hiato.

miércoles, 2 de julio de 2008

Arde Gomorra

- Arde Gomorra- dijo él

La luz se rompía en los cristales y el sol descarrilaba en las cenizas de la hoguera. El aire seco era atraído con una fuerza directamente proporcional al producto de las masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa; y su corazón latía ciento tres veces por minuto como el engranaje de un motor desatado de revoluciones.

- Abrázame – dijo ella

Pero ambos se equivocaban. La existencia es un entrechocar de cuerpos extraños que se envuelven intentando escapar los unos de los otros con una repulsión igual a la fuerza que los atrae. Es un océano repleto de mierda, de hijos de puta creados por generación espontánea en el diluvio universal. Si alguna vez cualquiera de nosotros dejara de pensar en su propia supervivencia (en su yo como punto central del universo y de la materia) la creación se detendría y Dios nos daría un aplauso. Pero eso es tan poco probable como que cobren vida las flores de plástico. Y mientras vamos muriendo, hipnotizados frente a los destellos del televisor, resignados a ser la generación perdida, aquélla que nunca verá a los Beatles en directo ni vivirá un mayo del 68. Aquélla que está totalmente convencida de que nunca podrá cambiar el mundo.

miércoles, 25 de junio de 2008

Yo (Tú)

No busques el amor en la guía telefónica. No existe, como no existen los reyes que nunca se acordaron de enterrar tras sus camellos aquella sílaba que suplicaste por Navidad. No sé en qué demonios estarías pensando cuando te dedicabas a volar por encima de las nubes sin paracaídas. No imaginaste que te darías de bruces contra el asfalto haciéndote añicos el corazón, ¿verdad? Ni siquiera tienes alcohol para desinfectar la herida. Y todavía soñarás la tristeza con la esperanza intacta. No llegará, como no llegaré yo.

Mírame con una sonrisa a medio escribir. Sé la excepción que confirme la regla. Murmúrame decepcionado que me persigues porque soy una princesa encerrada en una torre gigante y no tienes ni idea de cómo rescatarme. No eres más que un cobarde que sale huyendo porque hay un dragón custodiando mi celda. Despréciame como cicatriza el beso que nunca fue. Vete lejos y prométeme que no le dirás a nadie cómo, paseando entre las nubes, has conseguido olvidarme.

lunes, 23 de junio de 2008

Opio escéptico

-Verá, señor Ajenjo, me gustaría hablar con usted un momento

Era el padre Joaquín. De todos los clérigos, era el que mejor me caía. A pesar de ser profesor de Matemáticas, asignatura que odiaba con todas mis fuerzas, siempre le había profesado un cariño especial. Nunca vestía con sotana, ni para oficiar misa, y por eso en la escuela era conocido cariñosamente como el padre rebelde. Aunque también había quien que, por su pronunciada calva y su escasa habilidad con el inglés, le apodaba, como no podía ser de otra manera, “Bald man”. Cuando le escuché gritar mi apellido entendí que no me iba a librar de una charla metafísica sobre la muerte de mi padre.

Me llevó a su despacho, un cuchitril con olor a pollo frito. Sólo lo decoraba una mesa de metal oxidada, una silla hecha trizas y un crucifijo de madera casi desfigurado. No había ventanas, y el polvo lo consumía todo. Admiré a ese hombre cuando vi aquella habitación. Se dedicaba tanto a los demás que no encontraba ni tiempo ni dinero para arreglar el espacio donde pasaba las horas. Recordé que no tenía coche, ni prácticamente ropa, y me alegré de que todavía quedaran curas buenos.

- No se me asuste –dijo con tono indulgente- Sé que no querrá hablar de lo que ha sucedido, pero es algo que considero necesario y si a usted no le disgusta; en fin, convendría que le diera mi punto de vista y el de la Iglesia Católica, claro. Le conviene saber que Dios tiene un objetivo para cada uno y nuestro deber es cumplirlo.

No sé muy bien por qué, pero esa frase me irritó. Sonaba a oración de libro, a palabras que se dicen con tanta repetición que suenan aburridas.

- Padre, no me venga con toda esa mierda. Pensaba que estaba aquí para hablar, no para que me soltara el sermón de las once.
- ¿Crees en Dios, hijo?
- No lo sé

domingo, 22 de junio de 2008

Manías


A Marta , por hacer(nos) sonreír

Soy claustrofóbico. (Los huecos repletos de ceniceros se enroscan en mis fosas nasales como si fuera un obeso que corre exhausto porque alguien le persigue; se atraganta con una hamburguesa y cada vez se siente más pesado). Me faltan el aire y los abrazos y por eso siempre duermo envuelto entre ventanas que se alargan hasta un patio de vecinos ruinoso y mal cuidado. En la fachada florece, pese a las fisuras de cemento, un reloj redondo y feo que adelanté exactamente trece minutos para que fuera al compás del resto de mis relojes. (Todos exhalan una alarma a las siete y veintitrés).

Entre el incesante traqueteo del autobús, procuro sentarme en un asiento determinado, imaginando desgracias ajenas o enamorándome con desgana. Si el primer semáforo que cruza está en verde, será un buen día. Si está en rojo, es preferible no caminar bajo los andamios ni aceptar caramelos de desconocidos.

sábado, 21 de junio de 2008

Abdoulaye

Anoche, observando desde mi ventana las tuberías oxidadas del patio interior del edificio, (mientras anidaba el insomnio en mis ojeras) fijé la mirada en el tragaluz endeble de mi vecina. Ella no vive aquí desde hace años y siempre he echado de menos poder curiosear sujetadores entre la ropa tendida.

-Joder, qué sucios tiene los cristales. Pero, ¿qué coño…?

Había distinguido unos ojos asfixiantes. Asustado, con los labios casi ahorcados, contuve la emoción y apagué la luz. ¡Tenía que ser un fantasma! Me asomé al pasillo de puntillas y desempolvé la llave que escondía debajo de la moqueta. Lamenté que para estos casos no hubiera un manual de instrucciones que indicara algo como: “1. Verifique que no ha ingerido estupefacientes 2. Compruebe que el espíritu es traslúcido 3. Establezca una forma de contacto”.

Abrí la puerta. La curiosidad cosquilleaba mis intestinos. Subí las escaleras sin hacer ruido. Lo vi acurrucado en una esquina del dormitorio, intentando pasar desapercibido. “Qué postura más rara para asustar a los vivos”- pensé. Sólo distinguía bien sus ojos blancos como grasa líquida. Era negro, desgarbado y no se había duchado recientemente.

- ¿Qué haces aquí?
- Yo, Abdoulaye


No dijo nada más.

viernes, 20 de junio de 2008

Whisky solo, con hielo

Para caer en el continuo presente debes beberte el olvido a cucharadas. Los ojos lloverán mientras el whisky se descorcha en las botellas, pero al fin comprenderás cómo es un corazón humano. Tiene el color de la luna cuando sangra y el tamaño de una mano ligeramente entreabierta. Hurgarás en sus entrañas, en la vena cava y en la arteria aorta, y en el fondo del cáliz y entre los cristales. Es un vals obtuso sin orquesta ni zapatos de baile. Cerrarás los ojos. Sí, los cerrarás pausadamente y sentirás como el universo se tropieza y tu cráneo se cincela en la tierra. Cuando los abras, las estrellas hundirán tornillos en tu cerebro sacudiéndote de ese bucle espacio-tiempo. La verdad se habrá perdido en los escotes y en las palabras y no sabrás por qué ni dónde, cómo ni cuándo ni con qué prototipo de tristeza, la alegría dejó de ser alegría.

sábado, 31 de mayo de 2008

Desnuda

I

La mañana ha resucitado a las siete y veintitrés. Me fijo en ti y en como la vida se desliza entre las cortinas, centelleando en tus ojos y también en los míos. Duermes en tu desnudez corpórea la soledad escupida adjetivo. Recorro con el dedo índice cada una de tus extremidades hasta que el gesto se torna decaído en el vacío de tus ojeras purpúreas. No hay nada más. No existe nada más.

II

Tus pestañas se abren paso entre la redondez de la afonía del silencio. La luna se ha escapado entre los cristales. Me injertas tu dulzura autómata después de vomitar la resaca en el fregadero (Disfrazada con una camisa desgajada que deja al descubierto tu muslo pálido). Al acercarte el tiempo se paraliza en mis zapatos.

domingo, 4 de mayo de 2008

Especie

Viviría célibe sólo para exterminar nuestra especie y que las moscas se establecieran como la raza mejor adaptada del firmamento. Tú te dejarías de preocupar por el rímel de marca, los peinados cutres y la mierda que televisan los jueves por la noche. La única inquietud del universo sería comer heces de vaca porque los insectos no necesitan comprar un coche grande para reconocer que tienen el pene pequeño. O mejor. Me castraría sólo para decir que las películas de Angelina Jolie son una bazofia y no sentir la necesidad de trabajar los abdominales. ¡Qué digo, qué digo! Mejor aún. Dios bendiga la bomba atómica. Pulsemos el botón y enterremos a los que falten, señores. ¿Evolución? Somos el resultado del semen corrupto y de las prostitutas de lujo, de las violaciones a indígenas y matrimonios de conveniencia. Y aún hay quien defiende la pureza de su estirpe. Pertenezco a una especie en que las adolescentes escupen el sujetador a su cantante favorito y de aquellos que se masturban manifestando su amor por los organismos autótrofos. Pertenezco a una especie que siente repugnancia al verse desnuda en el espejo. A una especie que antes prefiere ser infeliz que estar aburrida.

miércoles, 16 de abril de 2008

Borzakovsky

Con quince años, además de una grotesca fascinación por las piernas femeninas, poseía el empeño y las ganas de escribir. Mis primeros personajes nacieron entre una mezcla homogénea de tos y espanto, del mismo modo en que se fuma el primer cigarrillo. Uno de ellos era Borzakovsky, un espía soviético que sobrevivía en el Berlín occidental en plena guerra fría. Recuerdo que le inventé un cuerpo alargado y fino. Mentía a sus enemigos capitalistas con su rostro estampado en falsa cautela y una cicatriz a medio escribir.

Su peor defecto era parecerse tanto a mí. No creía en Dios ni en la moral. Pensaba que mientras sobrevivas, nada está bien ni mal, simplemente está. Pero tras treinta y tres páginas y una trama repleta de errores históricos y excusas sin un guión definido, dejé de escribir. Quizás el argumento era demasiado hondo para un adolescente cuya principal preocupación era curiosear a escondidas en el lavabo de señoras. Avergonzado por el fracaso de mi novela inacabada como un cazador sorprendido por su presa, quemé cada una de las palabras y las tiré a la basura. No sé dónde acabaron sus cenizas. Ni si hubiera merecido la pena leerla. Sólo sé que si los personajes tienen alma, Borzakovsky soñó con no tenerla. Y Borzakovsky era yo.

jueves, 3 de abril de 2008

Diario de un niño huérfano

Es la peor mierda que he escrito en mucho tiempo: “El actor no quiere, finge que quiere”. Ni siquiera sé con exactitud qué significa. Cierro los ojos. Imagino cómo cientos de idiotas pertenecientes a las generaciones tristes que quedan por venir recitan mi frase antes de rozar el coño de una puta. Pulso con suavidad la tecla Supr.

La soledad me abandona. Tampoco ella quiere estar conmigo. Camino hasta la azotea y me enciendo un cigarrillo. Miro hacia abajo. Escupo con todas mis fuerzas sobre la calva de un hombre con traje. Me grita algo, pero no le escucho. Estoy pensando en que medimos el tiempo en espacio sin darnos cuenta. Los días se suceden en 12.756 kilómetros – el diámetro terrestre-, las horas en unos cientos y los segundos en años luz. La gente traduce las manecillas del reloj en lugar de admirar las estrellas. Llego tarde. Llego pronto.

El hombre calvo se ha sentado en la acera y llora y gime. Sufro un orgasmo en mis mejillas. Eyaculo a carcajadas. Termina. Empieza. Me ahogo al recordarte. Tú, que eras un hijo de puta que sólo pensaba en sí mismo. Me pongo de cuclillas intentando respirar. La opresión en el pecho no disminuye. No creo que sea por ti. Quizás sea el humo. O el vértigo. O la risa. Hoy estás a demasiado tiempo de distancia.

sábado, 8 de marzo de 2008

Se fue, se ha ido.

Todos los viernes por la noche se encuentran en un pequeño bar de la ciudad para inyectarse en vena su droga favorita. Se tienen el uno al otro pero están solos, no hay nadie a quien puedan sonreír de verdad. Suelen sentarse en un rincón oscuro, alejado de miradas indiscretas; escondiendo su palidez morbosa y las inquietas ojeras que actúan como imanes de la tristeza, agónicamente silenciosa. No hay nada que hacer, quizás pedir otra copa. Entre copa y copa mienten por omisión. Lloran cuando no saben qué decir, y dicen lo que no se atreven a llorar. La esperanza es su droga favorita. Renace de sus cenizas y se introduce en el cerebro como un juguete de plástico engullido por un retrete. Terminarán por imaginar lo que no es y escuchar sólo lo que les interese, hasta que se queden sin aliento.

Tal vez su final sea la forma de morir más bella. No se preocupen. Nadie llorará. No habrá sangre ni sarcófago de madera. Hay muertos que respiran y sienten. Vivos que están muertos, aunque nadie se dé cuenta.

jueves, 14 de febrero de 2008

Never come

Thanks to Paula

She wrinkled slowly in my hands and remembered those springs that will never come. It was cold outside, although inside our quilt the weather was undetermined. One day we fell off the bed. So I was sunk among her dark eyes as children when falling in a puddle. I closed the window and whispered up to three. Time happened without being able to happen. Too late.

The voice of crowd had trampled the unexplained. But she was gone, she was gone. It was a story in which the unwritten words never made sense. It was a trunk filled of dreams I could not dream nor wish. It was hope. But she was gone and I just cried.