Si queréis os cuento la historia del chico taciturno, aquel que se enamoró de la niña que escribía lluvia con i griega. No sé si es una de esas historias que parecen un cuento o uno de esos cuentos disfrazados de historia, sólo puedo asegurar que tiene una silueta triste, una de ésas que te hacen llorar.
Todo empezó sin haber empezado. Aquel chico cometió el error de fijarse en la niña de los ojos tristes. Eran grandes, ingenuos, de un marrón tan oscuro que asusta. Pasaba día y noche mirándola a escondidas, oculto tras sus gafas de sol y su gabardina gris. Inició su búsqueda más allá de las miradas, donde nadie más puede vernos. Muy lejos, allí, en ese rincón nostálgico y remoto en el que se suelen extraviar los escépticos con el corazón de arena. Así, muy poco a poco, cuidadosamente y con una escrupulosidad asombrosa, fue apuntando a lápiz sus defectos minúsculos, casi imperceptibles; aquéllos que convierten a las personas en seres perfectos. De entre todos, el que más le gustaba era que escribiera lluvia con i griega. Muchos de vosotros pensaréis que es una tontería, una estupidez de un niño raro. Tal vez lo fuera. Pero para aquel chico taciturno aquella regla ortográfica suponía la oportunidad de mirar a esos ojos tristes sin necesidad de jugar a los detectives. - Se escribe con elle
- El diccionario dirá lo que quiera, que yo seguiré escribiéndola así.
- El diccionario dirá lo que quiera, que yo seguiré escribiéndola así.
Siempre sonreía. El niño taciturno rompió su hucha y metió todas sus monedas en su bolsillo izquierdo, pero se dio cuenta de que no tenía dinero suficiente para pujar por una sola de sus sonrisas, así que gastó lo que tenía en olvidarla. Murió de sobredosis, aunque yo pienso que murió de pena. Ella, mientras tanto, andaba fumándose el tiempo en otras cosas. Y es que son accidentes que de hecho pasan.



