domingo, 3 de febrero de 2008

La ridícula historia de niño taciturno

Si queréis os cuento la historia del chico taciturno, aquel que se enamoró de la niña que escribía lluvia con i griega. No sé si es una de esas historias que parecen un cuento o uno de esos cuentos disfrazados de historia, sólo puedo asegurar que tiene una silueta triste, una de ésas que te hacen llorar.

Todo empezó sin haber empezado. Aquel chico cometió el error de fijarse en la niña de los ojos tristes. Eran grandes, ingenuos, de un marrón tan oscuro que asusta. Pasaba día y noche mirándola a escondidas, oculto tras sus gafas de sol y su gabardina gris. Inició su búsqueda más allá de las miradas, donde nadie más puede vernos. Muy lejos, allí, en ese rincón nostálgico y remoto en el que se suelen extraviar los escépticos con el corazón de arena. Así, muy poco a poco, cuidadosamente y con una escrupulosidad asombrosa, fue apuntando a lápiz sus defectos minúsculos, casi imperceptibles; aquéllos que convierten a las personas en seres perfectos. De entre todos, el que más le gustaba era que escribiera lluvia con i griega. Muchos de vosotros pensaréis que es una tontería, una estupidez de un niño raro. Tal vez lo fuera. Pero para aquel chico taciturno aquella regla ortográfica suponía la oportunidad de mirar a esos ojos tristes sin necesidad de jugar a los detectives.

- Se escribe con elle
- El diccionario dirá lo que quiera, que yo seguiré escribiéndola así.

Siempre sonreía. El niño taciturno rompió su hucha y metió todas sus monedas en su bolsillo izquierdo, pero se dio cuenta de que no tenía dinero suficiente para pujar por una sola de sus sonrisas, así que gastó lo que tenía en olvidarla. Murió de sobredosis, aunque yo pienso que murió de pena. Ella, mientras tanto, andaba fumándose el tiempo en otras cosas. Y es que son accidentes que de hecho pasan.

viernes, 25 de enero de 2008

Infinito

No sé cómo se llamaba. Tampoco lo quise saber nunca. De entre todas las formas que tenía de llorar, no olvidaré su sonrisa. Miraba tropezándose en las pupilas, tristemente con un gesto. Olía a sorbete de limón. Nunca imaginé que ése pudiera ser el perfume de un asesino. Pero lo era. Deformaba los cadáveres con la destreza de sus dedos finos hasta convertirlos en chatarra corroída por azúcar y mordía lento el hedor limpio tan parecido al aroma del sorbete de limón que los cuerpos desprenden cuando se consumen. Le vi llorar con esa maldita sonrisa de cristal, ingenuo, agradablemente horrendo, mientras degollaba algo hermoso. Cuando se hartaba, solía vomitar en las esquinas y arrojaba los restos a la basura.

Me di cuenta de lo que él nunca quiso, o de lo que quiso siempre, y acabé ahorcándole. Era un cabrón enfermizo embozado en una corbata de plástico que ahogaba en sus pesadillas un cuerpo único y feo, ridículo y bello, una y otra vez, otra vez y una, evaporándose con él como un poema en el aire que finge ser tierno. Aún se atrevió a mirarme, tropezándose en mis pupilas. En secreto se ocultaron, tras mentiras de ciego, dos ojos tuertos. Cayó una gota de tiempo en una botella de coñac vacía. No siente o no siento y tal vez nunca haya sentido. Enmudecieron, en la mirada falsa, las palabras falsas que el corazón no entiende. Creo que ha muerto. Me sigue mirando. Vuelve a sonreír y le escucho llorar. No sé quién sueña con quién. No existe o no existo y tal vez nunca haya existido.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Fin

Tu mirada se ha convertido en cansancio y anochece a deshora. Realmente lo fue siempre, pero a veces te olvidas de cómo se mide el tiempo en los relojes de bolsillo. Nunca te alejaste tanto y ahora sólo te queda desnudar en el espejo tus ojeras marrón pistacho. No todo se arregla resolviendo una función logarítmica. Esta vez, no. Tu estúpida hipótesis es pisoteada por la multitud enajenada. ¿Qué ha fallado, qué ha fallado? Repítelo mil veces. O sólo trece. El resultado será el mismo porque no hay resultado. Las ecuaciones incompatibles no tienen solución. Has perdido como cuando las luciérnagas en las noches de verano acechan las luces de neón. Mírate. Tienes tierra en los zapatos y vinagre en el corazón. No puedes llorar, ¿verdad? Tus músculos no responden desde que el arte se convirtió en arte. Desde que ya no puedes ver el sol.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Historia de un perdedor

La vida es teatro. Sí, teatro. Ponte tu disfraz y sal a escena, antes de que los focos se derritan. No pienses que el guión es rutina porque ella es diferente. Grítalo. ¡Diferente! Creías que no era posible que tu historia se redujera a la quinta letra del abecedario, ¿verdad? Convéncete, ha pasado.

Improvisa como las hojas caducas al final del otoño, el apuntador esta vez no puede ayudarte. No te conformes con mirarla. Sueña con acariciar las estrellas sin darte cuenta de que si a esa altura te caes se te rompe el corazón. Cálzate tus botas de agua un día soleado. El público te abucheará o exclamará un gran ¡oh! Te veré llorar, de todos modos, con las nubes.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Declaración de lo que nunca será

El hombre que casi encontró el amor en un retrete está cansado de esperar y de apurar siempre el último sorbo de café. Son las prisas, que siempre van trece minutos por delante. Mira el reloj, cuenta hasta tres, pero ella ya se ha escondido entre alguna preposición monosílaba o una esdrújula mal acentuada. Quizás no se haya fijado en él porque también es una cobarde que se refugia en las novelas fantásticas. O tal vez esté demasiado ocupada contando el tiempo al revés mientras salta a la comba.

Él no sabe muy bien por qué se preocupa por alguien que lee novelas fantásticas y salta a la comba. Con ella sólo puede perder su corazón de plástico y no tiene dinero para comprarse otro. Las babosas ya han devorado su cerebro y sólo le pertenece aquel mensaje que garabateó en un urinario público. Aunque posiblemente ni siquiera le quede eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Tú

Me encanta que no te des cuenta de nada y soñar contigo sin que sepas que quiero mirarte, mirarte hasta que duela. Coger carrerilla y volar, sólo es eso. Dejar de respirar matando mariposas, como cuando me asomo a ese pasillo a oscuras que siempre se me antoja un castillo gigante, y no me atrevo a cruzar. Reírme a carcajadas sin echar mano al prozac nunca está de más, aunque sigan persiguiéndome las notas de esa canción tan triste. En la calle hace frío, y no llegaré muy lejos, las ranas sin princesa son las primeras en morir. Aún así, me encanta que te preguntes en qué pienso sin adivinar la respuesta; mientras yo invento algún silencio que decir, paralizado, atontado, pensando en ti.

- ¿Viste esa estrella fugaz? Pide un deseo.
- No. Estoy cansado de creer en la magia.- mentí.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Philosophie de l'absurde

Eres mi Hiroshima y Nagasaki, la calada inoportuna de una “femme fatale” rechazándome mientras me bato en retirada, mi Mata Hari clandestina. Eres la estela de esa pluma tan cara que los Reyes Magos nunca me enviaron por Navidad, la sonrisa malévola del criminal inocente ante un jurado.

- Por favor, no lo hagas.
- El ayer no existe, Luis. No existe.


Apuntó a mi ventrículo izquierdo con su revólver y apretó el gatillo. El disparo salpicó de lágrimas la pared. La vi esfumarse para siempre; sin rencor, sin duda. Desde entonces, me precipito al vacío cada vez que recuerdo el olor de ese ayer que no existe, no existe, no existe…

lunes, 8 de octubre de 2007

Nihilismo axiomático

- Mamá, ¿en el cielo se acordará de mi nombre?

Me miró con ternura, conmovida, pidiendo clemencia con sus ojos tristes de ninfa mutilada a base de azotes de desánimo.

- Papá te quería, Jaime – alcanzó a decir


Odié su respuesta, y a ella. Odié su ateísmo obsceno repleto de argumentos indiscutibles, huérfanos de esperanza. Quería imaginar que mi padre me esperaría en alguna parte, en cualquier lugar secreto; y que me protegería hasta un imprevisto encuentro clandestino a salvo de las leyes de la física. Pero las pupilas grises de mi madre me impedían soñar, a pesar de que esa noche, al llegar a casa, le escuché musitar el padrenuestro a escondidas.


(fragmento del libro que jamás terminaré)

sábado, 29 de septiembre de 2007

Miradas euclídeas

Me evadí del incesante traqueteo del autobús, y me fijé en ella. La miré como quien observa detenidamente una obra de arte, curioso y levemente indiscreto, impaciente por descubrir todos sus pequeños detalles. Leía, o bien fingía leer, un libro que sujetaba entre sus manos con la suavidad de quien sostiene una taza de té.

Examiné sus ojos grises hipnotizado, quizás buscando un error absurdo. Alzó la mirada y, entonces, aparté mi vista de ella con un movimiento torpe y enredado. Pensé en cogerla de la mano y besarla bajo la lluvia que centelleaba en los cristales. Pensé en fugarme a un lugar remoto o a ninguna parte, pero me di cuenta de lo mucho que pretendía ofreciéndole tan sólo promesas mudas escupidas en el aire.

lunes, 27 de agosto de 2007

Esquizofrenia

Parecía un cuadro de Rembrandt. Un claroscuro letal. Él fabricaba un mejunje de sueños con forma de cigarro y ella leía a Balzac asomada en penumbra. Un día como hoy, exactamente como hoy; hace diez años, se conocieron en un antro oscuro repleto de cucarachas y miradas perdidas en vasos de cristal. Ella hizo un príncipe azul de la primera rana que predijo su nombre, y él sólo trataba de controlar sus variopintos instintos sexuales. El fracaso estrepitoso surgía en la luz.

- ¿Follamos?
- Qué te den

Entre calada y calada pensó en violarla. Demasiado obstinado. El gato de la vecina maullaría nostálgico; la mujer de la gabardina gris correría a la cabina telefónica y llamaría a la policía. Llegarían en menos de cinco minutos. Se levantó a por un vaso de agua polar. En el balcón, las flores se habían derretido. El suelo estaba lleno de heroína. El pasillo se convirtió en un tablero de ajedrez isotrópico.

Volvió a la habitación. La sangre se agolpaba como una constelación de estrellas en un diagrama de Grant. Un gusano fluorescente anidaba en el colosal agujero negro que surgía de la cabeza asimétrica de su esposa. El libro estaba manchado de sangre violeta. Lo cogió. Una mariposa con cuatro alas extravagantes trepaba por cada una de las palabras. La muerta se levantó de su letargo un segundo y susurró que cada suicidio es un sublime poema de melancolía.

- ¡Estúpida zorra!

viernes, 10 de agosto de 2007

Audrey

A veces, cuando no puedo dormir, cuento Audreys. Una Audrey, dos Audreys, tres Audreys.

Imaginad. Estoy abrigado entre las sábanas, protegido de cualquiera de mis miedos inexistentes. Cierro los ojos. Intento dormir. Parece que sin narcóticos será tarea difícil. Cambio de postura, a ver si hay suerte. Pero nada, que no hay manera. Transcurrido cierto tiempo, me voy adormilando, como un zombi hipnotizado que intenta suicidarse. Entonces, repaso angustiado intrascendentes asuntos éticos de mi vida cotidiana (cosas de mi conciencia, que se despierta mientras el sueño anestesia mi cerebro).

Empiezo a contar. Una Audrey, dos Audreys, tres Audreys. Mil y una Audreys se proyectan en un caleidoscopio de arena.


Sé que sigo despierto, pero no recuerdo cómo era mi habitación. Tengo la tentación de abrir los ojos, y  entonces me sostiene con delicadeza las manos. Ahora también veo estrellas fugaces que se desvanecen en sus ojos.

-Viens. Enfuis-toi avec moi

Y yo no puedo decirle que no. Cuando me levanto, memorizo vagamente cada uno de los extraños acontecimientos, pero siempre se esfuman, como cuando en las noches amargas el amor se extingue en las mariposas del deseo.