sábado 19 de septiembre de 2009

Un cuerpo que está solo

Un cuerpo que está solo
no puede jugar al pin-pon, a la piola, a las chapas,
a polis y cacos, a la gallinita ciega o al futbolín.
Tampoco al chocolate inglés.

Por la noche,
un cuerpo que está solo
bailará con otro cuerpo que está solo
música lenta de blues,
entrechocando sus cuerpos extraños
sin abrazarse.

La mañana siguiente,
un cuerpo que está solo
seguirá estando solo,
(aunque con riesgo inminente de embarazo);
porque cuando un cuerpo está solo
nunca te dirá
que está solo.

domingo 21 de junio de 2009

Tú y yo

No debería decírtelo, pero tengo miedo. El otro día, mi conversación más relevante fue con una señora con unos ojos saltones semejantes a los de un sapo partero y una obesidad irritante (parecía uno de esos rollos de sushi relleno de marisco) que rondaría los cuarenta y tantos. Iba embutida en un vestido que le vendría, al menos, dos tallas más pequeño. Me fijé en ella dentro del autobús de la línea cuarenta y cuatro. En los autobuses, me gusta imaginar las vidas de la gente, sus sueños y sus inquietudes. ¿Nunca los has hecho? Es gratificante crear vidas grises cuando piensas que las cosas no pueden ir peor. No sé quién dijo que el mal ajeno es consuelo propio. Imaginé que a ella le quedaban, como mucho, tres horas de vida (un claro fallo cardíaco); y que habían pasado, al menos, diez años desde la última vez que habló con su único hijo. Que sí, que estas cosas me las imagino e invento todas yo, pero ¿acaso crees que distan mucho de la realidad? Quizá eso sea lo triste de los autobuses.

Retocándose en el espejo, parecía no importarle contener la respiración con tal de que algún miope o borracho se detuviera a observarla. Cuando me levanté para bajar en la parada, frente al teatro de la Gran Vía, me tocó con su rechoncho dedo índice de la misma manera que se pulsa un interruptor y me dijo:

- Tienes mala cara, ¿duermes bien?

Me quedé paralizado varios segundos, y llegué a pensar que no estaba hablando conmigo. Porque, ya me dirás que hace una completa desconocida preguntándome así, por las buenas, sobre mi salud. Al final, le contesté:

- Sueño mal. Y además, nunca me acuerdo de lo que sueño. Y eso es peor. (Porque si me traga un dragón en una pesadilla, me gustaría saberlo; pensé)

Ella sonrió, pero con una mueca tranquila, como si esperara una respuesta ingeniosa y yo hubiera fracasado en el intento. Bajé. Y se bajó conmigo. Me quedé mirándola un instante, y ella me miró.

- Tengo un hijo que tendrá más o menos tu edad, ¿sabes?

Salí corriendo. Seguramente ambos se hablen y cuenten chistes verdes mientras comen pavo en Navidad, pero a mí se me agrietaron los pulmones en un solo grito ahogado, al pensar en la posibilidad de que aquella mujer obesa llevara diez años sin hablarse con su único hijo y que únicamente le restaran tres horas de vida (un claro fallo cardíaco).

Y aunque nunca lo llegues a entender, porque ni siquiera yo lo entiendo, por eso tengo miedo. Miedo de que algún día, alguien como yo, al verme en un autobús, piense que tú y yo jamás vayamos a encontrarnos.

domingo 8 de marzo de 2009

Querer con el estómago

No me creeréis, pero necesitaba contárselo a alguien. No hace mucho, conocí en un bar a un tipo que padecía una exótica enfermedad por la cual alojaba el estómago donde el corazón y el corazón donde el estómago, cuatro dedos por debajo del diafragma. Tiempo atrás le hubiera mandado a la mierda, pero últimamente me apiado de aquéllos que esconden en sus mofletes la soledad propia de los niños extraviados en las colas de los supermercados. Será que cada día me aprecio un poco menos o que he dejado de leer a Nietzsche. Sin importarle demasiado el dónde, me arrastró al alquitrán mohoso, relleno de burbujas calcinadas. Para qué preocuparse, me dijo ante la mirada atónita de los semáforos. Tampoco es que padeciera un cáncer, y a pesar de todo, no era tan molesto querer con el estómago. Me habló de muchas cosas, pero no le presté atención. Cuando nos despedimos, se convirtió en una aspirina. Yo me la tomé, claro; nunca viene mal cuando adviertes que el vino se esparce entre las neuronas. Cuando llegué a casa, me miré angustiado el abdomen mientras sonaba alrededor el ruido incesante de los inviernos (Porque mi vida transcurre en inviernos, y no en primaveras). No cabía la menor duda, estaba contagiado.

Al día siguiente, sintiéndome sano, pensé que esta historia no era más que uno de esos delirios que se cuentan tomando el té en alcohólicos anónimos. Aunque ahora ya no sé qué suponer; porque anoche, antes de quererte con el estómago, vomité con el corazón.

domingo 11 de enero de 2009

Carta de un padre fugitivo a un hijo disléxico

Querido hijo:

No fui a comprar tabaco, sólo era una coartada. En realidad, tenía un objetivo: huir. Me he enamorado dos veces en la vida, y una de ellas fue de una maceta. A la otra todavía no la conozco. La maceta la he tirado, claro; sé a ciencia cierta que no hubiera salido nada bueno de nuestros encuentros, niño-maceta o maceta-niño son palabras compuestas que suenan a bichos deformes. Nunca he tenido esperanza y mucho menos algo que hacer, así que corrí a despedirme de tu abuelo, tu abuela y la vecina octogenaria del 7ºA que siempre subía la persiana mientras yo me masturbaba en la cocina cuando tenía más o menos tu edad. Lloraron café agrio porque sabían que no nos volveríamos a ver más, pero yo suspiré con un llanto tranquilo; intuía que no nos íbamos a ver menos. Y aquí estoy, en una habitación de una ciudad de un país de este mundo. Las personas que se crían en cautividad actúan como los chimpancés que sonríen en cualquier jaula de zoológico. Si enseñas las encías a desconocidos y finges entretenerlos, puedes robarles sin que se den cuenta su ración de bananas. Las bananas son parecidas al dinero, sólo que tienen valor por sí mismas. Si el sábado no has conseguido suficientes bananas, tendrás que conservar la especie con mamá chimpancé en lugar de con alguna prostituta con las nalgas rosadas. Nunca entendí por qué nos aventuramos a conseguir más y más bananas y las depositamos a cuentas de interés variable, hasta que vi in situ ese culo tan comestible. Espero que ahora no pienses: "joder, qué mugriento y maloliente vicioso" porque la productividad empresarial de tu padre aumenta si le ofrecen un incentivo en bananas/hora que podrá gastar en meter su banana en ese ano casi fucsia (y no en la pensión alimenticia de tu madre). Aunque por otra parte, he de admitir que sería mucho más útil y barato diseccionar mi escroto con un chafarote eléctrico y pensar en una excusa para el próximo plan de fuga. Yo sé que, encarcelado en alguna jaula de algún zoológico de una ciudad de un país de este mundo; duerme algún primate que, después de haberse tirado un sábado más a mamá chimpancé, está pensando en cómo huir de la jaula.

sábado 29 de noviembre de 2008

¡Caracoles! (No es verdad todo lo que os cuentan)

Cada vez  que caían  las gotas de lluvia  triste, salían a  pasear los  caracoles.  Un niño  sensato se  hubiera conformado con evocar el olor postizo que la tierra mojada impregna en las pupilas. Pero, como yo no lo era,  en los atardeceres melancólicos me aventuraba al barro para sonrojarme las mejillas. Evitando el ronroneo de la tormenta en las macetas rotas del zaguán, conseguía escapar hasta un cobertizo amarillo en el que se refugiaba mi abuelo cuando quería escuchar en su viejo vinilo rayado (siempre) la misma canción y el mismo verso; una de esas costumbres molestas que terminas echando de menos. Una vez allí, desde la repisa de una ventana desaliñada que consideraba mi torre vigía; divisaba una sucesión de helechos mustios, que sólo a mí me parecían una selva impenetrable.

Rozando la hierba, todavía fría, con las pecas de mi mano, analizaba los rastros pringosos de los caracoles como había visto en las persecuciones disparatadas de las películas de indios y vaqueros. Estaba convencido de que sus caparazones contenían todos los secretos del mundo; o al menos, todo lo que una persona pudiera imaginar: desde un corazón de repuesto, un ojo que ve todo lo que nuestros ojos no ven o una exclamación a tiempo, hasta la palabra “trece”.

Cuando al fin encontraba un caracol, lo agitaba como si fuera una pila de mercurio para saber si estaba en lo cierto, y aunque no encontré pruebas que fundamentaran mis intuiciones, nunca he terminado de creer que mi hipótesis fuera completamente errónea.

martes 25 de noviembre de 2008

Fea

En la noche  más  fría de  1994 la luna sangraba  tanto que  parecía un  tomate  repleto de agujeros. Yo  la miraba absorto, imaginando ingenuo que se trataba de una invasión extraterrestre camuflada entre las estrellas. Con unos prismáticos a cuestas, huí del ruido opaco del aceite en las sartenes y me escondí tras un abrigo deslustrado en el balcón, deseando confirmar mis sospechas. Pero por más que lo intenté, sólo conseguí una pulmonía. De los días siguientes, sólo recuerdo el sabor a entrañas, el sudor y el termómetro; y uno de los cuentos que me contaba mi madre, tan agrio como la palabra agrio; llana terminada en vocal.

Ella era fea, fea de verdad. Fea de corazón; una de esas chinches que chirrían en las habitaciones sin desinfectar. Sin embargo, no había nadie que se resistiera a sus encantos. Así como las pesadillas que se repiten por costumbre; los muchachos insistían de madrugada, uno a uno o bien en grupo, pareciendo más bien espermatozoides que fracasan en su intento por llegar al óvulo (quien era apuesto no era atractivo, y quien lo era; no tenía suficiente pelo)

Pasaron los años y los piojos de cráneo en cráneo, disimulando para no ser vistos. Ella se casó, cumplió la tercera función de los seres vivos (nacer, relacionarse, reproducirse y morir) y fue feliz entre copa y copa y sesión de manicura. Cuando aparecieron las arrugas, los médicos hicieron un apaño; y aunque ya no eran jovencitos quienes la perseguían en las botellas descorchadas, podría decirse que le tenían cierto apego los espejos. Pero seguía siendo fea, una de esas feas que no se pueden arreglar con bisturí. Fea, fea; fea. Fea de corazón, tan fea como la palabra fea. Tan fea como dos vocales que encalladas en la misma sílaba, forman un hiato.